Bienestar
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Quédate con quien te quiera en tus peores momentos

en tus malos momentos

“Quien te quiere de verdad quiere en silencio, con hechos, nunca con palabras” – Carlos Ruiz Zafón.

Todos podemos estar en lo bueno, casi siempre.

Es lo fácil, lo sencillo, lo genial.

En los buenos momentos es muy difícil fallar, es muy difícil que algo se tuerza sin más.

¿Pero qué pasa cuando tienes un mal día? ¿Un día de esos que te invitan a quedarte en casa con tu gran compañero Netflix?

Esos días son la prueba de fuego para algunas personas.

Porque mientras intentamos solucionarlo, mientras intentamos sanar por dentro, nos sentimos solos.

Muy solos.

Y no en el sentido metafórico, en el sentido real.

Hemos tenido tiempo para darnos cuenta de que podemos hacernos cargo de nosotros mismos.

Sin embargo, a veces necesitamos a los demás para transformar nuestras emociones y nuestro interior.

A veces solo necesitamos que nos den un pequeño empujón para salir adelante.

Y ese empujón nunca llega.

O en contadas ocasiones.

Y cuando llega… que te voy a contar.

Que te voy a contar cuando tenemos a nuestro lado una persona que funciona como escudo, que funciona como tirita y como medicina.

Que nos aguanta y nos guía, que nos ayuda a recordar que todo es pasajero, que podemos seguir soñando sin miedo a fallar.

Por eso necesitamos a personas que nos quieran sobre todo en nuestros malos momentos.

Pero que nos quieran bien, no más, no en cantidad.

Que nos quieran mejor, como hasta ahora, como en los buenos momentos.

Que es complicado curarnos de una mala racha si nos abandonan en esas etapas tan desesperantes.

Muy complicado, aunque no imposible.

Y es que cuando depositas tanta confianza, amor y tranquilidad en alguien, es porque lo sientes de verdad.

Y aunque lo haces sin esperar nada a cambio, sin esperar lo mismo por parte de la otra persona, duele que te dejen tirado a las primeras de cambio.

Ojalá todos tengamos la suerte de encontrar a alguien que nos cuide no solo en esos momentos maravillosos, sino también en aquellos instantes en los que varios edificios nos caen encima sin cesar.

Porque si compartimos, compartimos bien.

Porque si estamos en el mismo barco, pues lo estamos.

Porque no me vale hoy sí pero mañana no, otro día ya si eso.

Así no funcionan las cosas, así siempre desconfiaremos y nunca podremos liberarnos de ese pensamiento.

No te imaginas la fuerza que da que alguien esté realmente a tu lado mientras sales del problema.

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Mientras empiezas a sonreír y a seguir caminando sin mirar atrás.

Que te quieran de verdad en esos momentos tan puñeteros es una gran dosis de felicidad.

Porque si existe la felicidad lo mismo se asemeja bien esos pequeños instantes.

Pequeños instantes que te brindan personas con un corazón de oro.

De oro del bueno, no de ese de chocolate falso que todos hemos probado alguna vez.

Lo mismo pasa, pues, con esas personas.

Capaces de sufrir y soportar todo lo que estamos pasando nosotros.

Sin pedir nada a cambio, sin quererlo o hacérselo ver.

Esas personas que te ven mal enseguida y actúan sin pensar, porque te quieren de verdad.

Esas personas que con un simple beso, un simple abrazo o una simple tontería te devuelven la vida que se te escapó al respirar.

Personas que te ofrecen todo el calor posible para que te sientas como en casa.

Porque ya estás en casa, solo que no tiene cuatro paredes.

Y es una casa en la que estar se hace necesario muchas veces.

Una casa que no hay que descuidar.

Una casa a la que siempre vas a poder regresar, sin importar lo dañado que puedas estar.

Entonces podrás seguir creciendo, seguir caminando, seguir riendo y amando.

Porque puedes hacerlo solo, pero si en algún momento estás acompañado, sabrás que es la hostia eso de que puedan tirar del carro contigo.

No es algo que se mencione o se espere.

Es algo que surge de manera natural, de manera espontánea.

Que te quieran en las ocasiones que estás mal es, como ya he dicho antes, una prueba de fuego para las personas que te rodean.

Y si consiguen apagar ese fuego, escúchame: ni se te ocurra dejarlas marchar, ni se te ocurra cagarla.

Somos muy capullos cuando nuestro mundo se derrumba, no nos damos cuenta y alejamos a esas personas que están a nuestro lado de manera auténtica y honesta.

Hazte un gran favor, aparta tu mal humor por un momento.

Son pequeños tesoros escondidos que pocas personas pueden disfrutar.

Guárdame el secreto, ¿quieres?

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